On the road (1ª Parte)

Era de noche y había tormenta.

El cogió su guitarra y en una mochila metió sus pocas pertenencias. Se puso el sombrero, y atravesando el oscuro salón salió por la vieja puerta.

Ella dormía.

Caminó en dirección a la carretera con los pies llenos de barro. Caminaba cabizbajo, deseando que la lluvia calmase su dolor. Recorridos unos kilómetros, llegó a la carretera comarcal 41, que llevaba hasta Abbeville, Alabama.

Raramente pasaba algún vehículo a esas horas de la madrugada, así que siguió inmerso en sus pensamientos. Comenzaba a amanecer, y la lluvia cesó. Levantando la cabeza, mientras las gotas caían desde su sombrero, contempló el sol nacer.

En ese preciso momento escuchó como un coche se acercaba. Se giró y levantó el pulgar, con la intención de que el conductor parase y le llevara a alguna parte. Sorprendentemente, se detuvo el automóvil. El conductor bajó la ventanilla y le miró de arriba abajo, observando a ese joven que lucía melena, barba y un viejo sombrero.

– ¿A dónde vas?

– A cualquier parte…

Está bien, sube.

Dejó sus cosas en la parte trasera del vehículo y ocupó el asiento del copiloto.

¿Quieres un cigarrillo? Le ofreció la joven que conducía.

– No, gracias, no fumo.

Aquella muchacha, que rondaba los 20 años de edad, encendió su cigarro y mientras espiraba el humo, preguntó:

¿Qué haces por la carretera a estas horas?

– Huir. Le contestó.

¿De qué?

– De mi mismo.

¿De ti? ¿Pero, que has hecho?

– He hecho daño a mucha gente.

¿Eres un asesino, un violador, un terrorista o algo de eso?

– No, solo huyo del daño que me ha hecho la vida y del daño que yo he causado a las personas que me han amado… Me gustaría  dormir un poco, ¿te importa?

No, en absoluto. Te avisaré cuando paremos. Llevo horas conduciendo y me gustaría tomar un café.

– De acuerdo.

El cielo permanecía aún con una combinación de rosas y naranjas. La escasa arboleda permitía contemplar el amanecer por la luna del coche. Ella fumaba su segundo cigarrillo y se puso las gafas de sol que había robado en la gasolinera que paró a repostar. 

Quizás, aquella persona que dormía en el asiento del coche no era la única que huía de algo.

Tras una media hora, paró el coche. Se detuvieron en un bar de carretera.

Ey, despierta, vamos a tomar un café.

Se levantó el sombrero de la cara y salió del coche aún mojado de la tormenta. Subió las escaleras, aún dormido y entró tras su compañera de viaje.

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