Café sin azúcar

Aún no había amanecido cuando salió a la calle en busca del aroma a café que se cuela entre los pequeños callejones del centro de la ciudad.

Entró en el bar de siempre y se sentó en el lugar donde ya casi llevaba escrito su nombre. Solía sentarse en la mesa junto a la pared, desde la cual podía ver disimuladamente a aquella chica que cumplía su mismo ritual.

Una mañana más, llegó ella. Se sentó y pidió lo de costumbre; café con leche, al cual nunca añadía azúcar.

“Amargo como la vida”, pensó.

Nunca leía la prensa, ni portaba libro alguno. Permanecía allí, con la mirada perdida, absorta en sus más profundos pensamientos.

El no podía parar de observarla a través del espejo que estaba situado en la columna, junto a la mesa de aquella chica. Observaba detenidamente su perfil, sus labios, su pelo.

Pero esa mañana, ella miró a través del espejo y sonrió.

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