Dueña de sus besos

Tengo que aceptar que no siempre fueron míos sus besos, ni tampoco sus caricias.

Que sus pupilas al mirar ya se dilataban, que otro abrigó sus inviernos. Ya no importa, ni tampoco quién.

Quizás ya lo olvidó. O tal vez no.

Quizás otro amor marchó con un atardecer. Se ocultó en el horizonte, para no volver jamás. Las llamas quedaron en brasas extintas, las hojas caducas en su final irrevocable sobre el suelo. Quedó en el mar, entre las olas de la orilla.

Ahora guardo con celo cada uno de sus besos. Creyéndome dueño de algo que únicamente es suyo. Nada me pertenece. Es ella, la que me regala cada momento, cada susurro al despertar. Y yo pensando que otro tuvo sus besos, siendo ella la dueña de todos. Él, al igual que yo, no tuvo nada.

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